Cuidar nuestro propio bienestar es más importante de lo que piensas.

Durante años pensé que cuidar de mí era un lujo, algo que podía esperar, y que, sinceramente, no me tocaba en ese momento. Había que seguir para adelante, cumplir, ser fuerte, no fallar… Lo típico. Hasta que un día me rompí. O, mejor dicho, me di cuenta de que ya llevaba rota un buen rato.

Sin embargo, no fue una gran caída, sino más bien un desgaste silencios, como un hilo que se va pelando hasta que se rompe del todo: por fuera, seguía funcionando, pero por dentro, ya no quedaba mucho de mí.

Y ahí fue donde empezó mi historia de verdad.

Tenía 30 años y una sensación constante de estar corriendo sin saber a dónde. Todo me parecía urgente, todo era una obligación, todo me agotaba. Pero me aguantaba. Porque «no es para tanto», porque «hay gente peor», porque «ya se pasará». Hasta que un día no me pasaba nada… y aun así me sentía mal. Vacía, como si me hubieran desconectado por dentro.

Lloraba sin motivo, dormía mal, perdí las ganas de hacer cosas que antes me encantaban. Lo que más me dolió fue dejar de disfrutar mis propios dibujos, que era lo único que siempre me salvaba. Esa fue mi alarma: cuando ni mi refugio me consolaba.

Fui al médico, y me hablaron de estrés crónico, ansiedad, burnout. Palabras feas, sí, pero no peores que la sensación de no reconocerme a mí misma. Me dieron opciones: medicación, psicólogo, descanso. Lo intenté todo, pero algo dentro de mí seguía diciendo que necesitaba otra cosa.

Y fue así como encontré una forma distinta de sanar.

La terapia con muñecos (y con otras cosas que no dan miedo).

Una amiga que me conoce de toda la vida me dijo: “¿Y si pruebas la terapia con muñecos? No es raro, te lo prometo”. Y aunque me sonó a cuento de niños al principio, me fie de ella y me puse manos a la obra.

En la Escuela de Crecimiento me comentaron que podía hacerlo a distancia, a través de un curso online, y la verdad es que me sonaba genial porque no me encontraba muy bien para salir de casa o socializar… Sin embargo, pensé que uno de los pasos que tenía que dar para empezar a salir de mi estado de malestar es salir de mi zona de confort, así que me armé de valor y pedí una cita presencial.

Así que allí estaba yo, en una sala tranquila, con una mesa, algunos objetos simbólicos, y muchos muñecos. Pequeños, grandes, algunos abstractos, otros más realistas. La terapeuta me dijo: “Puedes representar cómo te sientes con estos muñecos, sin presión. Solo colócalos como tú quieras”.

Y así empezó todo. Sin tener que decir nada, empecé a hablar a través de figuras. Colocaba un muñeco tumbado, otro de espaldas, uno más fuerte al fondo. Y de repente entendía cosas que no sabía que estaban ahí. Cosas que dolían, sí, pero que, vistas desde fuera, desde esa miniatura simbólica, no daban tanto miedo. Sinceramente, he de confesar que lloré muchas veces durante esas sesiones, porque por fin alguien me estaba escuchando de verdad, y ese alguien era yo misma.

Pequeños pasos, grandes cambios.

Tras acudir a las sesiones que me recomendó mi amiga, la cosa cambió para mejor sin que me diera ni cuenta. Empecé a cuidar mi bienestar desde otros rincones pequeñitos, haciendo respiraciones antes de dormir, caminando sin música por la mañana, dejando el móvil lejos al comer, haciendo dibujos que no iban a publicarse en ningún sitio, y en otros ámbitos que guardaban un gran impacto en mi vida.

Sin darme cuenta dejé de exigirme tanto y de empujarme todo el rato. Y, poco a poco, empecé a sostenerme.

Lo más bonito fue que, a medida que me daba permiso para cuidarme, empecé a recordar quién era. No de golpe, sino en forma de detalles: una risa que salía sin más, una canción que me emocionaba, un dibujo que no me daba vergüenza mostrar, etc.

No necesitas esperar a estar mal para empezar.

Sé que a veces esperamos al colapso, lo cual es muy tóxico, créeme: que cuidarse parece algo que ya haremos cuando haya tiempo, dinero o energía. Pero la verdad es que cuidarse es lo que crea todo eso.

Cuando empecé a priorizar mi bienestar, no solo me sentía mejor: trabajaba mejor, amaba mejor, descansaba mejor. Y las cosas no eran perfectas, no me malinterpretes; seguía teniendo problemas, mi entorno a veces no era el adecuado, y me surgían situaciones incómodas como a todos los seres humanos. Sin embargo, yo ya no era la misma, y eso era lo que me hacía sentir que ya no iba a la deriva.

El camino del autocuidado es muy agradecido, porque mientras empiezas a aprender a tratarte bien, investigas otras terapias suaves que me ayudaban:

  • Perseguir mi sueño sin un objetivo claro.

En mi caso, era el dibujo: siempre me autoexigía muchísimo, y lo pasaba mal. El arte y el trabajo creativo es algo que no se debe exigir porque si no, nos estancamos, y eso es lo que me pasaba. Sin embargo, cuando me sentía a disfrutar, a aprender y a dibujar lo que me saliera, todo mejoró… Fue una terapia sin duda.

  • Escribir cartas que no enviaría.

Escribir ayuda mucho, créeme, y me refiero a la escritura convencional, no al ordenador. Tiene una energía mágica que hace que te desahogues de verdad.

  • Colorear con lápices pastel mientras escuchaba lluvia artificial.

Donde vivo no hay mucha lluvia, pero gracias a YouTube podía disfrutar del dibujo mientras oía la lluvia ¡Y la frecuencia era mágica!

  • Ponerme una alarma para parar a media tarde y simplemente respirar.

La respiración y el descanso son primordiales, no dejes que te digan lo contrario.

Cosas que parecen tontas, pero que te devuelven al cuerpo cuando todo lo demás te saca de él.

Aprender a decir “me merezco estar bien”.

Durante mucho tiempo sentí culpa por dedicar tiempo a mí misma. Si no estaba produciendo, cumpliendo o ayudando a otros, sentía que perdía el tiempo. Y eso, con los años, me pasó factura.

Pero aprendí algo importante: no hace falta estar mal para poder cuidarte, ni tener una crisis para ir a terapia; no hace falta que nadie lo entienda. Basta con que tú sepas que lo necesitas.

La terapia con muñecos me enseñó que mi dolor tenía forma, y de ahí empecé con todo lo demás, pero hay muchas más formas de terapia que ayudan; sea como sea, de ahí, empecé a escucharme más también fuera de esa sala: cuando decía “sí” queriendo decir “no”, cuando sonreía por compromiso, cuando no pedía ayuda por miedo a molestar. Empecé a romper esos pactos invisibles con la exigencia. Y eso, aunque suene poético, es un acto de resistencia muy real.

Lo que nadie te dice sobre estar bien.

¡Estar bien no es estar feliz todo el tiempo! Tendemos a creer demasiado en la positividad tóxica y en que todo tiene que estar bien, pero no es sano. Estar bien, es saber que puedes sostenerte cuando todo tiembla, saber que tienes herramientas, y que sabes parar antes de quemarte.

Estar bien significa que confías en que, aunque venga una mala racha, no estás sola del todo.

Y sí, es cierto que las terapias más “convencionales” pueden ser muy útiles. Pero para mí, en ese momento, lo que me salvó fue lo pequeño, una sala silenciosa con muñecos que hablaban por mí y una libreta con dibujos torpes, y, sobre todo, la decisión de querer ayudarme cuando me encontraba más perdida que nunca.

Cómo todo esto cambió mi forma de relacionarme conmigo misma.

Como conclusión, resaltaría que lo más profundo que me enseñó todo este proceso fue cómo aprendí a hablarme con más respeto y paciencia: antes, cualquier error lo vivía como una prueba de que no valía, como un fallo que me definía, y me insultaba en voz alta sin pensar. Ahora, cuando algo me sale mal, no me machaco tanto; me hablo como le hablaría a alguien que quiero, y aunque parezca poco, eso ha sido una revolución interior.

Aprendí también a detectar las pequeñas alarmas: esa tensión en el pecho que antes ignoraba, ese cansancio que ya no minimizo, esa tristeza que no escondo bajo una sonrisa falsa. Son señales, no debilidades, y aprender a verlas así me ha ayudado a tomar decisiones mucho más alineadas conmigo, desde el trabajo hasta mis relaciones personales.

Nuestro bienestar es más importante de lo que piensas, y ahora lo sabes.

Si estás leyendo esto y todo esto resuena contigo un poco, o mucho, espero que mi experiencia te sirva como un abrazo que te mando a distancia: ojalá esto te sirva como recordatorio de un concepto muy simple y muy cierto, que te mereces estar bien, aunque nadie te lo haya dicho nunca.

Porque cuidar nuestro propio es la base de todo lo que compone nuestra vida ¡No lo olvides!

COMPÁRTELO