En bachillerato, fuimos a visitar Francia como viaje de fin de curso, un viaje que iba a durar al menos un mes… y que íbamos a empezar en autobús, porque al profe se le ocurrió la BRILLANTE idea de ir y venir a Francia desde Cádiz en AUTOBÚS. Dos días de viaje, increíble, ¿eh? Bueno pues días antes empecé a notar una molestia en la muela derecha inferior, como una presión, que al principio no le hice caso porque era muy leve. Mi madre me dijo de ir al dentista antes de salir, pero le dije que ni de coña, que no quería.
Un feo error por mi parte… El día de la salida en bus, que nos íbamos a las 6, el dolor ya no era solo una molestia: me dolía MUCHO. Y tenía que aguantar dos días en autobús, un mes en Francia y dos días de vuelta… ¡¿Cómo se me había ocurrido ir así de viaje?!
Para que no te pase lo mismo, déjame contarte mi experiencia, porque no fue agradable.
Aguantar dos días de autobús con dolor de muelas fue una auténtica tortura
Empieza el viaje y ya voy torcida. En el asiento del autobús intento encontrar una postura donde la muela deje de presionarme como si tuviera un tambor dentro. Giro la cabeza, me apoyo en la ventana, me levanto un poco, vuelvo a sentarme… nada funciona, me duele un montón y me estoy aguantando las ganas de llorar. Y claro, el viaje dura DOS DÍAS… pero intento hacerme la fuerte delante de los demás, que no se me note.
Mis amigos están emocionados, cantando, contando chistes, pasando música… y yo intento reírme con ellos, pero en realidad estoy concentrada en que la muela no me explote. Cada vez que el bus frena o gira, noto un pinchazo fuerte que me hace soltar lágrimas de dolor. Y cuando intento dormir, es todavía peor: apoyo la cara en el asiento y el dolor aparece otra vez con fuerza, así que solo puedo dormir diez minutos seguidos, pero bueno, eso ya me parece un milagro.
En una de las paradas intento comer algo rápido: nunca más, lo prometo, porque morder un simple bocadillo me manda un latigazo de dolor que me deja congelada unos segundos. Seguro ue has sentido estas cosas tú también, ¿verdad? Pues espero que no… Comer en el viaje va a ser un problema… y aún me quedan muchísimos días en Francia.
Ahí ya empiezo a pensar que ignorar a mi madre fue una idea terrible. Todavía ni he llegado a Francia y ya estoy sufriendo el viaje como si fuese un castigo.
Subir a la Torre Eiffel con dolor de muelas fue desesperante
Llegamos a París y todo el mundo está emocionado. Primera parada importante: la Torre Eiffel. Todo el grupo empieza a sacar fotos, a mirar hacia arriba, a flipar con lo enorme que es… Y sí, la torre impresiona muchísimo, pero yo estoy pensando en otra cosa… en mi muela.
Mientras hacemos la cola para subir, el dolor empieza otra vez a latir fuerte, ese tipo de dolor que viene en pulsaciones, como si la muela tuviera un corazón. No entiendo por qué pasa esto, también me pasa cuando me hago daño en otros sitios. Bueno, yo intento distraerme mirando alrededor, hablando con los demás… pero cada pocos segundos vuelve el mismo pinchazo.
Cuando empezamos a subir en el ascensor, noto algo raro: la presión cambia un poco y la muela parece que protesta todavía más. Me llevo la mano a la cara disimulando, como si estuviera apoyada tranquilamente, pero en realidad estoy sujetándome la mandíbula.
Arriba las vistas son increíbles, así que vas a París no te lo pierdas, porque se ve toda la ciudad. Mis amigos gritan, sacan fotos, señalan monumentos… y yo intento hacer lo mismo, pero cada sonrisa me duele muchísimo y me hace estar enfadadísima conmigo misma por no haberle hecho caso a mi madre cuando tuve la oportunidad.
En ese momento me doy cuenta de que estoy en uno de los sitios más famosos del mundo… y apenas lo estoy disfrutando. El dolor ocupa casi todo el espacio en mi cabeza, y es agotador.
Ir a Disneyland fue inolvidable… pero a mal
Llega el día que todos esperábamos: ir a Disneyland París. Desde que empezamos el viaje todo el mundo hablaba de ese día, de que querían montarse en todas las atracciones, en las montañas rusas, la comida que habría, los personajes que iban a ver de las pelis… Yo también tenía muchas ganas, claro. Pensaba que quizás ese día me olvidaría del dolor… pero no pasó.
Nada más entrar, ya noto la muela empezando a darme problemas. Caminamos mucho por el parque, entre gente, música y atracciones gigantes. La emoción está por todas partes, pero mi cabeza sigue centrada en el mismo punto: la muela derecha inferior. Cuando hacemos cola para la primera atracción intento mantenerme animada, pero el dolor aparece cada pocos minutos.
Decido subir igualmente a varias atracciones, lo que fue una mala idea. Entre los movimientos rápidos, los gritos y las bajadas, el dolor se hizo muchísimo más fuerte. Hay momentos en los que siento un latigazo tan intenso que aprieto los dientes sin querer.
Tiempo después me informé sobre esto y me llevé otra sorpresa. La Clínica Dental Clara Santos, quienes cuentan con un gran equipo de dentistas en Torrelavega, me informaron después de que eso fue peligroso, porque montarme en atracciones con dolor de muelas puede empeorar problemas dentales por los cambios de presión y los movimientos bruscos, lo que puede hacer que un simple dolor de muelas se convierta en una urgencia médica real.
Así que sí, Disneyland fue inolvidable… pero por razones bastante malas.
Cenar en Francia con dolor de muelas fue un desastre
Francia es famosa por la comida. Eso lo sabe todo el mundo: pan, quesos, carnes, postres… el plan de las cenas del grupo era probar de todo, claro, yo también lo habría querido, y cuando veo los primeros platos en la mesa me entra un hambre tremenda. Llevo horas con ganas de comer algo bueno… el problema aparece cuando intento morder.
El primer intento con un trozo de pan me da un dolor tan fuerte que casi se me cae el cubierto. Intento masticar del otro lado, pero aun así la presión llega hasta la muela mala. Cada bocado se convierte en una pequeña pesadilla que empieza a hacer que la gente me mire raro.
Mis amigos están disfrutando la cena, comentando lo bueno que está todo. Yo voy mucho más lento, cortando trozos pequeñísimos y masticando con muchísimo cuidado. Tardo el triple en terminar cualquier plato.
Y claro, cuando alguien me pregunta si está todo rico, digo que sí… pero en realidad estoy más pendiente de evitar el dolor que del sabor. Varias noches termino cenando menos de lo que quería simplemente porque masticar se vuelve terrible.
Dormir en el hotel fue otra pelea con la muela
Dormir durante ese viaje fue complicadísimo. Después de caminar todo el día por la ciudad, lo normal sería llegar al hotel y caer rendida en la cama. Eso le pasó a todos menos a mí.
El dolor de muelas me empeoró por la noche. Me acuesto, apago la luz, intento relajarme… y al rato aparece ese latido constante en la mandíbula. Cambio de postura muchas veces: boca arriba, de lado, con la cara apoyada en la almohada… nada parece ayudarme demasiado. A veces consigo dormirme un rato… pero me despierto otra vez con la misma sensación.
Encima comparto habitación con compañeros del viaje. Ellos duermen profundamente mientras yo estoy ahí moviéndome despacio para no despertarlos.
Cada mañana me levanto cansada, como si hubiera dormido muy poco. Y claro, al día siguiente toca caminar otra vez todo el día por la ciudad.
Viajar ya cansa de por sí. Viajar con dolor de muelas… multiplica ese cansancio bastante.
Ir de fiesta con el grupo tampoco tuvo gracia
Una noche salimos todos a una discoteca para bailar, reírnos y aprovechar el viaje al máximo.
Entro con el grupo y la música está altísima, las luces por todas partes, gente bailando… El ambiente está genial, mis amigos empiezan a bailar enseguida y me animan a hacer lo mismo.
Intento seguirles el ritmo, pero cada vez que aprieto los dientes o hago algún gesto fuerte con la cara, la muela me recuerda que tengo un problema muy serio que debería de haber tratado antes de salir de viaje. El dolor me arruina bastante el momento.
Intento ignorarlo durante un rato: bailo un poco, me muevo con el grupo, me río con ellos… pero después de un tiempo noto que el dolor vuelve más fuerte.
Termino saliendo un rato fuera de la discoteca para respirar aire fresco y relajar la mandíbula. Mientras los demás siguen dentro pasándolo genial, yo estoy apoyada en una pared esperando que la muela me deje de doler un poco.
De verdad, cuando un diente te duele de verdad, te puede arruinar incluso una noche de fiesta.
Pasear por París parecía buena idea… pero la muela tenía otros planes
París es una ciudad perfecta para caminar: calles bonitas, edificios antiguos, cafeterías, puentes… Todo invita a pasear durante horas… y eso es justo lo que hacemos varios días del viaje.
El problema es que cuando camino mucho, el cansancio del cuerpo hace que el dolor de la muela se vuelva más intenso. No sabría explicar por qué, pero pasa. Después de varias horas andando, la mandíbula me empieza a latir otra vez.
Intento distraerme mirando tiendas, edificios, gente pasando, y funciona durante ratos, pero de repente vuelve ese pinchazo que me recuerda que sigo con el mismo problema.
En algunos momentos incluso hablo menos de lo normal con mis amigos, no porque esté enfadada ni nada parecido, simplemente porque mover mucho la mandíbula hace que el dolor sea más y más intenso.
Aun así sigo caminando con el grupo, porque tampoco quiero quedarme solo en el hotel. Pero muchas veces voy pensando lo mismo: si hubiera ido al dentista antes del viaje, todo esto sería mucho más fácil.
El viaje de vuelta en autobús se hizo eterno
Después de un mes en Francia llega el momento de volver a casa… y eso significa otra vez dos días enteros en autobús.
Cuando pienso en ese trayecto recuerdo sobre todo el cansancio, el dolor, la incomodidad… y encima el dolor de muelas sigue ahí, aunque algunos días se bajó un poco en intensidad. Pero no se ha ido. Aun así, pasar tantas horas sentada, incómoda… me frustró mucho.
Intento dormir durante el viaje de vuelta, pero no hay manera: entre las paradas, los movimientos del bus y la muela, apenas consigo descansar. Cada vez que intento recostarme me duele mucho la muela, y aunque cierro los ojos, no me da tregua.
Cuando llegamos a las áreas de servicio, aprovecho para comer algo rápido, pero todo es un problema: cada bocado que le meto a mi comida hace que me duela un montón, y que desee con más ganas que nunca volver a casa de una vez. Mis amigos hablan animadamente de lo increíble que ha sido el viaje, cuentan sus momentos favoritos y las anécdotas más divertidas, y yo también participo, aunque con cuidado.
En mi cabeza solo hay una idea clara: la próxima vez… no pienso dejar que un viaje se me arruine por no ir a tiempo al dentista.
La lección que me llevo de ese viaje
Cuando llegué a casa, fui al dentista de inmediato, por orden de mi madre, aunque tampoco hubiese hecho falta, porque yo ya quería ir de todas formas. Después de un mes entero aguantando dolor de muelas en un viaje que se me hizo pesadísimo, me quedó clarísimo que ignorarlo había sido una decisión muy mala.
El dentista revisó la muela y me explicó que tenía un problema que se podría haber tratado mucho antes del viaje, y que podría haber disfrutado de mi viaje con solo un día de recuperación con pastillas para el dolor en casa, tras el tratamiento con él. En ese momento recordé a mi madre diciéndome que fuera al dentista antes de salir, y sí… tenía toda la razón.
Viajar con dolor de muelas convirtió muchas experiencias buenas en momentos incómodos: comer, dormir, caminar, reír… todo se volvió más difícil. Desde entonces, establecí una norma clara antes de cualquier viaje largo: si noto algo raro en la boca, voy al dentista.
Tú deberías de hacer lo mismo…









