¿Qué supone para la salud el dolor orofacial?

El dolor orofacial abarca un conjunto amplio de sensaciones dolorosas que se manifiestan en la boca, la mandíbula, la cara y, a veces, incluso en el cuello o la cabeza. Aunque muchas personas lo asocian únicamente con problemas dentales, su origen puede ser mucho más complejo y afectar a estructuras musculares, articulares, nerviosas o incluso emocionales. Esta variedad de causas hace que el dolor orofacial sea una experiencia especialmente perturbadora, ya que compromete funciones básicas como comer, hablar o expresarse, actividades que realizamos sin pensar hasta que el dolor las convierte en un desafío constante.

Uno de los aspectos más relevantes del dolor orofacial es su impacto directo en la calidad de vida. A diferencia de otros dolores del cuerpo, que pueden manejarse sin interferir en exceso con la rutina, el dolor en la zona facial interrumpe tareas esenciales diarias. Masticar, bostezar o incluso sonreír puede generar un aumento de la molestia, lo que lleva a muchas personas a modificar su alimentación, evitar ciertos movimientos o adoptar posturas defensivas que, a largo plazo, pueden empeorar el problema. Este efecto dominó no solo afecta al bienestar físico, sino también al emocional, pues la constante presencia del dolor puede producir irritabilidad, disminución de la concentración e, incluso, episodios de ansiedad.

Otra dimensión importante del dolor orofacial es la dificultad para identificar su causa exacta. La boca y el rostro son regiones donde confluyen múltiples nervios y músculos que interactúan constantemente. Por ello, una alteración en un punto puede generar síntomas en otro, provocando confusión. A veces el origen es dental, como una caries profunda o una infección que ha alcanzado el nervio. En otras ocasiones, se debe a disfunciones de la articulación temporomandibular, que actúan como una bisagra entre el cráneo y la mandíbula. También es común que el dolor tenga un componente muscular, relacionado con tensiones acumuladas, rechinamiento de dientes o hábitos nocturnos difíciles de controlar. En algunos casos, incluso puede estar vinculado al sistema nervioso, como ocurre con las neuralgias, que generan episodios súbitos e intensos.

El impacto del dolor orofacial en la salud mental no debe subestimarse, ya que vivir con dolor crónico puede llevar a un estado de estrés constante, especialmente cuando la persona siente que no encuentra una causa clara o una solución inmediata. Esta incertidumbre contribuye a que muchos casos se cronifiquen, porque el cuerpo permanece en un círculo de tensión muscular y anticipación, lo que aumenta la sensibilidad y alimenta la propia percepción del dolor. A nivel psicológico, es habitual que este malestar repercuta en el sueño y en la manera de relacionarse con los demás, ya que la incomodidad continua puede restar espontaneidad a la comunicación y reducir la tolerancia al día a día.

Además, el dolor orofacial puede tener repercusiones sistémicas, tal y como nos explica el Dr. Gonzalo Ubierna de la Clínica dental Ubierna, quien nos cuenta que, si está provocado por una infección no tratada, puede extenderse a otras zonas o generar complicaciones que afectan al resto del organismo. Cuando proviene de problemas articulares, puede modificar la mecánica de la mandíbula y, con ella, la postura general del cuerpo, provocando dolores referidos al cuello o a la espalda. Cuando su origen es muscular, puede generar un patrón de tensión que envuelve el cráneo y favorece la aparición de cefaleas. Todo ello evidencia que el dolor orofacial no se limita a una molestia localizada, sino que puede convertirse en el punto de partida de un conjunto de alteraciones más amplias.

¿Cómo podemos prevenirlo?

La prevención del dolor orofacial pasa por una combinación de hábitos cotidianos, atención a las señales que envía el cuerpo y cuidado integral de la salud bucodental y muscular. Aunque no siempre es posible evitar su aparición, especialmente cuando está relacionado con factores genéticos, estructurales o neurológicos, sí existen medidas que reducen de forma notable el riesgo de desarrollarlo o de que se cronifique.

Cuidar la salud dental es uno de los pilares fundamentales. Mantener una higiene adecuada, realizar revisiones periódicas y tratar a tiempo caries, infecciones o inflamaciones evita que pequeños problemas se transformen en dolores profundos que se irradian hacia la mandíbula o el rostro. Prestar atención a molestias ligeras, como sensibilidad al frío o dolor al morder, permite actuar antes de que una estructura se comprometa más de la cuenta. La prevención dental también incluye hábitos tan simples como limitar el consumo excesivo de azúcar o evitar el uso de los dientes como herramienta para abrir o sujetar objetos, algo más común de lo que parece.

La articulación temporomandibular, por su parte, responde bien a una vida sin excesos de tensión. Controlar el bruxismo es esencial, ya que es una de las principales causas de dolor orofacial. En muchos casos se utilizan férulas de descarga, pero la prevención comienza antes, reduciendo factores que desencadenan la tensión: estrés acumulado, falta de descanso, posturas prolongadas y hábitos como masticar solo de un lado o abusar de alimentos muy duros. Ser consciente de la posición de la mandíbula durante el día también ayuda, ya que muchas personas mantienen los dientes apretados sin darse cuenta. La regla sencilla de “labios juntos, dientes separados” puede reducir enormemente la carga sobre la articulación.

El componente muscular también juega un papel clave, dado que la musculatura facial, cervical y mandibular reacciona con rapidez a las tensiones emocionales o físicas. Mantener una buena postura, especialmente durante las horas de trabajo frente al ordenador o en actividades que exigen concentración prolongada, evita que el cuello y la mandíbula soporten una carga innecesaria. Incorporar pausas, estiramientos suaves y ejercicios de relajación muscular ayuda a prevenir contracturas que más tarde se manifiestan como dolor facial o cefaleas relacionadas. El cuerpo tiende a acumular tensión en zonas específicas, y ser consciente de ello permite intervenir antes de que se convierta en dolor persistente.

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