Hoy en día, es raro entrar en una casa y no ver a alguien pegado al móvil. Puede ser la madre mirando Instagram, el padre revisando Facebook o el hijo viendo vídeos en TikTok.
Las redes sociales ya no son algo “nuevo”, son parte de la vida diaria. El problema es que, aunque han traído cosas buenas, también han cambiado la forma en la que las familias se relacionan. Y no siempre para mejor.
Una de las cosas que más llama la atención es cómo los adolescentes pasan horas y horas en internet. Antes, el tiempo libre de un chaval podía ser salir con amigos, hacer deporte, leer o simplemente aburrirse un rato. Ahora, el aburrimiento se rellena con scroll infinito.
Y claro… eso tiene consecuencias.
El tiempo que pasan conectados
Muchos padres dicen lo mismo: “Es que mi hijo no suelta el móvil ni para comer”. No exageran. Hay estudios que dicen que la media de uso en adolescentes supera las tres horas al día solo en redes sociales. Y eso sin contar YouTube o videojuegos online. En algunos casos, el tiempo es todavía mayor, especialmente los fines de semana.
Ese uso constante genera cambios en el comportamiento. Cuesta más que se concentren en algo que no sea rápido y visual. Una conversación cara a cara les parece eterna si no hay estímulos constantes. Incluso tareas sencillas, como poner la mesa o bajar la basura, se convierten en algo “molesto” porque interrumpen lo que están viendo.
En las familias, esto crea tensión. Los padres sienten que no tienen la misma conexión con sus hijos. Hay menos ratos de charla espontánea y más silencios en los que cada uno mira su pantalla. A veces, la comunicación se reduce a frases cortas y poco profundas.
La ansiedad y la comparación constante
Uno de los efectos más comentados es el aumento de la ansiedad en los jóvenes. No es raro que un adolescente se compare con lo que ve en redes. Fotos retocadas, vidas aparentemente perfectas, viajes, fiestas… Todo eso crea una presión constante para “estar a la altura”.
Antes, la comparación era con el grupo del colegio o del barrio. Ahora, el punto de referencia puede ser un influencer de otro país. Y eso, sin que ellos mismos sean siempre conscientes, puede afectar mucho a su autoestima.
Los padres suelen notar cambios: más irritabilidad, cambios bruscos de humor o incluso problemas de sueño porque se acuestan tarde usando el móvil. La dinámica familiar se ve alterada porque cualquier plan que implique desconectarse del teléfono puede generar resistencia. Y no es que no les apetezca estar con la familia, es que sienten que se están “perdiendo algo” en redes mientras están fuera.
Discusiones por las normas
Muchas familias intentan poner horarios o límites. Y aunque suena fácil, no lo es. Los adolescentes no siempre aceptan que se les quite el móvil a ciertas horas o que no lo usen en la mesa. Esto lleva a discusiones casi diarias en algunas casas.
La escena es común: padre o madre piden que dejen el teléfono, el adolescente protesta, dice que “solo está mirando algo rápido” y, al final, se acaba discutiendo. Esto desgasta la convivencia. Los padres sienten que están en una lucha constante por controlar algo que a veces se les escapa de las manos.
Cambios en la forma de relacionarse
Otra cosa que ha cambiado es la forma en la que los adolescentes se comunican. Muchos prefieren mandar mensajes antes que hablar en persona o por teléfono. Incluso estando en la misma casa, se mandan memes o audios en lugar de ir a la habitación del otro.
Esto no sería un problema si no afectara a las relaciones cara a cara. Hay chavales que se sienten incómodos manteniendo una conversación larga sin tener el móvil como “apoyo”. Esto también influye en la familia, porque las comidas o reuniones se convierten en momentos en los que se está físicamente presente pero mentalmente en otro sitio.
La influencia en el comportamiento
Las redes sociales no solo afectan el tiempo que pasan online, también influyen en lo que piensan y hacen fuera de internet. Las tendencias, los retos virales o los temas de moda pueden marcar de qué hablan, cómo se visten o qué música escuchan.
Esto no siempre es malo, pero en algunos casos puede llevar a que adopten actitudes o expresiones que los padres no entienden o no comparten. Y esa brecha generacional se hace más grande. Los adultos sienten que ya no saben lo que pasa en la vida de sus hijos porque todo ocurre en un mundo digital al que no siempre tienen acceso.
El papel de los padres
Muchos adultos creen que el problema está solo en los adolescentes, pero lo cierto es que los padres también usan mucho las redes. No es raro que un hijo vea a su madre contestando mensajes mientras él habla o a su padre mirando vídeos en vez de prestarle atención. Al final, la desconexión no es solo de los jóvenes hacia los adultos, sino en ambas direcciones.
Si toda la familia está pendiente del móvil en lugar de mirarse a los ojos, es normal que las conversaciones profundas se reduzcan. Se pierde parte de la intimidad y de la complicidad que antes se creaba en los ratos sin pantallas.
Ansiedad en casa
Cuando un adolescente pasa demasiado tiempo en redes, la ansiedad puede trasladarse a toda la familia. Si está de mal humor porque un post no tuvo suficientes “likes” o porque vio algo que le molestó, eso repercute en cómo se comporta en casa.
Es como un efecto dominó: si uno está irritado, las respuestas son más cortantes, las discusiones empiezan más rápido y el ambiente general se vuelve más tenso. Esto desgasta mucho, sobre todo cuando ocurre a diario.
En medio de todo esto, desde Canvis, centro de psicología en el Eixample de Barcelona, recuerdan que “cuando el uso de redes ya está fuera de control y la convivencia se ve afectada, es importante buscar ayuda profesional cuanto antes”.
El miedo a quedarse fuera
Otro factor que influye es el famoso “FOMO” (fear of missing out), que en español es el miedo a perderse algo. Muchos adolescentes sienten que si no están conectados, se quedan fuera de las conversaciones o de lo que está pasando. Esto hace que estén pegados al móvil incluso en momentos en los que podrían disfrutar de otras cosas.
Para las familias, esto significa que cualquier plan que implique desconexión se vuelve un reto. Un día de excursión o una comida familiar se pueden ver como una “obligación” más que como una oportunidad para compartir.
El sueño, un tema delicado
Dormir bien es clave para el bienestar de cualquier persona, pero las redes sociales han cambiado incluso eso. Muchos adolescentes se acuestan tarde porque siguen viendo vídeos o chateando. La luz de la pantalla y la estimulación constante hacen que el cerebro tarde más en “desconectar”.
Esto provoca cansancio al día siguiente, peor rendimiento en el colegio y, en consecuencia, más discusiones en casa. Los padres intentan imponer horarios, pero no siempre es fácil porque el hábito ya está muy arraigado.
Posibles soluciones en casa
- Poner normas claras y realistas: acordar horarios de uso y cumplirlos, sin caer en castigos extremos que generen más conflicto.
- Dar ejemplo: si los adultos reducen su tiempo de pantalla, es más fácil que los hijos lo hagan también.
- Fomentar actividades fuera de las redes: planes que realmente les resulten atractivos, no solo “obligaciones”.
- Crear momentos sin móviles: comidas, juegos de mesa, paseos… cualquier actividad en la que todos estén presentes de verdad.
- Hablar del tema sin sermones: escuchar lo que sienten y piensan sobre las redes ayuda a entenderlos mejor y a encontrar puntos en común.
Cuando la relación mejora
En algunas familias, las redes sociales han sido un puente para conectar más. Compartir vídeos, comentar noticias o incluso jugar juntos online puede ser una forma de mantener el contacto. La clave está en que eso no sustituya el tiempo de calidad cara a cara.
También es cierto que muchas conversaciones difíciles surgen a raíz de algo visto en redes. Esto puede ser una oportunidad para hablar de temas importantes, como autoestima, relaciones o incluso seguridad online.
La importancia de poner límites sin cortar la comunicación
Uno de los errores más comunes es imponer normas muy estrictas sin explicar el porqué. Esto suele generar rebeldía y que los adolescentes busquen la forma de saltarse las reglas. Es más efectivo establecer límites de forma conjunta, escuchando sus opiniones y negociando.
La comunicación es clave. Si un adolescente entiende que el objetivo no es “fastidiarle”, sino cuidar su bienestar, es más probable que acepte las reglas.
Las redes sociales no van a desaparecer
Al contrario, probablemente formen parte de la vida de los jóvenes de formas que aún no imaginamos. Por eso, en vez de luchar contra ellas como si fueran el enemigo, lo más útil es aprender a convivir con su existencia y enseñarles a usarlas de forma equilibrada.
Eso implica educar no solo en el manejo técnico, sino en el impacto emocional que pueden tener. Hablar de cómo les hace sentir lo que ven, de cómo manejar las comparaciones y de la importancia de tener espacios libres de pantallas.
Se trata de que las redes sean una herramienta y no un obstáculo en la convivencia familiar. Y aunque no siempre es fácil, con paciencia, diálogo y ejemplo, es posible encontrar un equilibrio.









